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Comentario:
Ellos aprenden de nuestras reacciones
por Mónica Sulecio de Álvarez
Licenciada en Educación
Guatemala
Año 1
No. 9
La relación causa y efecto es una de las primeras
relaciones que reconocen los bebés.  Desde que
nacen, aprenden que si lloran, pronto llegará
alguien que atienda sus demandas.  En su
experiencia diaria, los niños se dan cuenta de
que para toda acción hay una reacción.  No
obstante, en sus interacciones con sus padres,
hay reacciones que les desconciertan cuando no
son constantes, o bien, no tienen coherencia con
la acción que las suscitó.  El aprendizaje en estas
situaciones es muy débil o bien refuerza pautas
de comportamiento inadecuadas.

¿Qué hicimos la última vez que nuestro hijo o hija
hizo un berrinche? interrumpió nuestra
conversación telefónica? o le pegó a su hermano
menor?

Padres y madres de familia respondemos
constantemente a las acciones de nuestros hijos,
pero vale la pena meditar si esas respuestas son
meras reacciones inmediatas a una situación
dada motivadas por la emotividad e impulsividad,
o bien, son respuestas meditadas y elegidas en
función de lo que deseamos formar en nuestros
hijos.

Cada una de nuestras reacciones enseña y
marca la vida de los niños en la temprana edad.  
Antes que nada, es necesario definir claramente
cómo deseamos que sea nuestro hijo o hija, qué
valores queremos que posea y cómo anhelamos
que se comporte.  Si por ejemplo, deseamos un
ser humano que prefiera la paz y que sea
respetuoso de la dignidad y los derechos de los
demás, las respuestas que elijamos dar a sus
acciones deberán ser congruentes con este
objetivo.  Sea lo que sea que haya hecho,
necesitamos adoptar una actitud serena que
dignifique su condición de niño o niña y respete
sus derechos básicos.    
Reflexionar sobre lo ocurrido antes de tomar una
postura y actuar, enseña a nuestros hijos a hacer
lo mismo: a pensar antes de actuar.

Cada quien interpreta las cosas de distinta manera
y cuando de niños se trata, su interpretación de la
realidad es muy distinta a la interpretación de un
adulto.  Ensuciarse, por ejemplo, para los adultos
generalmente es algo desagradable e indeseable,
pero para los niños puede ser una consecuencia
natural de tratar de alcanzar un objetivo deseado,
como puede ser alcanzar algo o averiguar qué
resulta de la combinación de agua con tierra.
Nuestra respuesta debe construir sobre el deseo
mostrado de exploración y motivarle a continuar
con ese entusiasmo por aprender, pero alentarle a
tomar algunas precauciones, como puede ser,
utilizar una gabacha o ropa que resista una buena
cepillada…

Enojarse, gritar y pegar no construyen ningún
aprendizaje, por el contrario, destruyen la relación
y la autoestima de los niños.  Es importante
atender a sus sentimientos primero, ayudarles a
reconocerlos y buscar soluciones para resolver sus
problemas.  La pregunta favorita ante cualquier
situación es siempre ¿por qué?  ¿Por qué hiciste
tal o cual cosa?  ¿Por qué te comportaste de tal o
cual manera? y partir de su respuesta para
construir un aprendizaje.  Si nuestro hijo preescolar
le pega a su hermano menor, pegarle nosotros
reproduce el comportamiento y le demuestra que
efectivamente pegar es un comportamiento válido.  
Si por el contrario preguntamos por qué lo hizo, a
partir de su respuesta podemos buscar juntos una
mejor solución.

No se trata simplemente de reaccionar ante un
comportamiento, se trata de construir a partir de
ese comportamiento pues aprenden de nuestras
reacciones.
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